MI PERSONA FAVORITA ES UN LIBRO

"La tía Leonor tenía el ombligo más perfecto que se haya visto. Un pequeño punto hundido justo en la mitad de su vientre planísimo. Tenía una espalda pecosa y unas caderas redondas y firmes, como los jarros en que tomaba agua cuando era niña. Tenía los hombros suavemente alzados, caminaba despacio, como sobre un alambre. Quienes la vieron cuentan que sus piernas eran largas y doradas, que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero, que fue imposible mirarle la cintura sin desearle entera".

 
Serendipia: encontrar algo bueno sin buscarlo.



Corría el año 2018. Cada tarde del verano, yo la dediqué a estudiar un diplomado de Literatura Mexicana. Aprendí muchísimo y me encantó cada sesión, pero, ¿fue esa la mejor parte? Podría decir que sí para hacer creer que no existió nada más increíble que llenarme de conocimientos y recursos, pero mentiría. No recuerdo el día exacto, pero sí sé que yo portaba una blusa verde con lunares blancos, pantalón de mezclilla y un par de converse grises, cuando caminaba por los pasillos de la biblioteca y me encontré con un título que me cautivó con cuatro palabras. "Mujeres de ojos grandes". La portada no era nada contemporánea ni moderna, de hecho era bastante peculiar y diferente. Lo tomé y me llevé otra sorpresa: estaba escrito por una mujer. Ella era, es y sigue siendo: Ángeles Mastretta. Confieso que nunca había escuchado su nombre y de leer algo de suyo, jamás. No dudé en comenzar a leerlo ahí mismo, recargada en el estante de mi sección favorita de todo el lugar: literatura de México de los noventa y previo. Las primeras palabras que Ángeles Mastretta decidió imprimir en ese libro son las que cité al principio de este texto. Sonreí, sentí ganas de llorar, me quedé paralizada y todo en mi vida giró en torno a ese párrafo por un buen rato (y lo sigue haciendo, dos años después).

Muchas personas aprecian un buen platillo, una canción, bailar unos minutos; por otra parte, otros disfrutan de su trabajo, su familia o de sí mismos. La primera parte, del primer capítulo de "Mujeres de ojos grandes" es ese manjar para mí. He leído varios textos que me dejan sin palabras (¡!) pero ninguno como ese. Quienes comparten el amor por las letras, entenderán sin que lo explique, pero es mejor que lo haga, por si las dudas.

Mastretta inicia con una descripción física de la tía Leonor. Pudo haber elegido el cabello o los ojos, como suele ocurrir. Pero no lo hizo, ella le dio protagonismo a un ombligo (¡¿cómo un ombligo puede ser perfecto?!), a una "espalda pecosa" y a "unas caderas redondas y firmes". La imagen aparentemente común que diseñó con palabras aparentemente comunes, quedan muy lejos de serlo. Hablar de su forma de caminar partiendo de cómo eran sus hombros, traspasa la categoría de mencionar las características de algo mundanamente corporal. Hombros alzados, piernas largas, caminar como si el suelo fuese alambre da la impresión de que la tía Leonor 1) era segura, fuerte, distinta 2) podía recorrer todos los caminos que quisiera y 3) todo a su paso se convertía en terreno de calma, sin desastre ni guerra. 

Cuando el lenguaje y sus licencias se hacen parte de la vida propia, es casi imprescindible trasladar cualquier palabra a un plano ajeno a la convencionalidad. Actualmente en la literatura (casi) no existen los temas "tabú" ni se condena por lo que escribes, sino por cómo lo escribes. Ahí sí hay que tener mucho cuidado a la hora de crear, porque los lectores son cada vez más exigentes (por fortuna). "Que el vello de su pubis era un mechón rojizo y altanero". Es importante mencionar  cosas al respecto: en los años noventa (al menos en México) no era algo cotidiano que las mujeres escribieran, menos que el tema fueran ellas mismas, y casi imposible que hablaran de su cuerpo en un libro, así, sin más. Parece una simple oración, pero la incursión de Mastretta en la literatura y de esa manera, es un avance tremendo y un acercamiento sublime a lo femenino, a lo que es parte de ser mujer y a la libertad de expresar toda idea, toda inquietud de una forma bella, creativa y sin precedente. 

Podría parecer que es extraño decir todo eso de una introducción a un libro, pero al menos para mí, es el amigo que me acompañó, el abrazo que necesité, el motivo por el que reí y la vela que iluminó mi andar por este inefable universo de las letras y las metáforas. Muchos consideran a "Mujeres de ojos grandes" como relato, narración, incluso novela. Yo no lo limito a nada de eso, el libro, aunque está escrito en prosa, está repleto de poesía, imágenes y un alto tinte de cambio social. Por hoy solo hablé de la tía Leonor, pero quedan muchas, y de alguna u otra manera, cada una es alguien que conozco, alguien que me gustaría conocer, alguien que me hizo sufrir y alguien que me inspiró a decir todo esto. A veces yo soy todas ellas o ninguna, y también ellas son como yo en otros días. Desconozco el objetivo de Ángeles Mastretta para gestar y publicar este libro, pero si buscaba regalarle a una de sus lectoras un refugio y un incentivo, conmigo lo logró.

En días pasados una persona curiosa (mucho, de hecho) me preguntó: "Si pudieras ser un libro, ¿cuál te gustaría ser?" Bueno, creo que ya le expliqué la respuesta.

Uno nunca sabe qué va a encontrarse en los lugares que visita, pero es seguro, que si de una biblioteca se trata, es imposible que salga la misma persona que entró. Atrévete, seguramente ahí está tu serendipia. 



*Además de una colección de libros publicados, Ángeles Mastretta escribe con regularidad (GRACIAS) en su blog en https://delabsurdocotidiano.nexos.com.mx/ 

*El libro del que hablé: Mastretta A., 1990. Mujeres de ojos grandes. Cal y Arena. México.

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